miércoles, enero 13, 2016

El cerebro humano

El cerebro humano

El cerebro es, sin duda alguna, el órgano más complejo y misterioso del cuerpo humano. En este primer capítulo presentaremos su estructura y arquitectura. Hablaremos también de la neurona y de cómo se transmite la información en el cerebro.

El cerebro dentro del sistema nervioso

Antes que nada, conviene que situemos el cerebro en el cuerpo humano.

El cerebro se incluye en un conjunto de órganos y estructuras que trabajan de forma coordinada: el sistema nervioso. Los órganos que componen este sistema se agrupan, según su ubicación, en dos subsistemas: el sistema nervioso central y el sistema nervioso periférico. El encéfalo, protegido por el cráneo, se aloja en la primera subdivisión. Junto a él está la médula espinal, que recorre la columna vertebral. A su vez, el encéfalo está compuesto, “de abajo a arriba”, por el tronco del encéfalo (que conecta el cerebro con la médula espinal), el cerebelo y el mismo cerebro. El sistema nervioso periférico, por su parte, se constituye por el conjunto de nervios distribuidos a través de todo el organismo. Su función es la de comunicar de forma ininterrumpida el sistema nervioso central con el resto del cuerpo, recibiendo y transmitiendo información para con él.
El papel del sistema nervioso es el de conectar el cerebro con todo el cuerpo, para que puedan ser controladas las funciones de los otros órganos y permitir a su vez que se desarrollen funciones determinadas de adaptación al medio (como son el aprendizaje, la memoria...).

Características generales del cerebro

El peso del cerebro es de 1,5 kg aproximadamente, lo que representa un 2% del peso total del cuerpo; se compone esencialmente de agua. A primera vista, se aprecian dos mitades, aparentemente idénticas (no lo son), a las que llamamos hemisferios. Cada hemisferio se encarga de controlar la parte del cuerpo contraria, de forma cruzada. Funcionan de modo diferente, pero se complementan el uno al otro. Se relacionan gracias a una lámina irregularmente cuadrangular, formada por un haz de vías nerviosas y situada en el espesor de los hemisferios: el cuerpo calloso.

Estructura

En cuanto a su estructura, el cerebro presenta varios sectores bien demarcados, que son los que se dispone a presentar ahora.

La corteza cerebral

La corteza cerebral es la parte más nueva del cerebro, en términos evolutivos, y su máximo desarrollo lo ha alcanzado con los primates. La corteza cerebral humana (la más compleja del reino animal) suele vincularse con la cognición, es decir, a la facultad de procesar información a partir de lo percibido. En otras palabras: la inteligencia. No existe una proporción entre el tamaño del cerebro y la inteligencia (vemos, por ejemplo, que el cerebro del ser humano es más pequeño que el de otras especies (como la ballena) y esto no hace más inteligentes a esas especies). No obstante, la extensión y complejidad de la corteza cerebral sí parece ser un aspecto determinante. Para que esta gran superficie cortical (que alcanza el metro cuadrado en el hombre) pueda estar contenida en un espacio tan reducido como lo es el cráneo, la corteza debe plegarse. Por esta razón es por la que se aprecian tantos frunces en la parte superior del cerebro humano y de otros animales “inteligentes”.
La neurociencia siempre ha intentado fijar una conexión entre las funciones cerebrales y las distintas regiones de la corteza cerebral. Siempre ha existido la esperanza, por parte de los científicos, de poder llegar a establecer alguna clase de mapa, en el que cualquier tipo de actividad cerebral estuviera claramente asociado a un área determinada. No obstante, las investigaciones parecen determinar que, aunque algunas partes de la corteza estén más asociadas con una función que con otras, el cerebro (en especial este “nuevo cerebro”) actúa como un todo, haciendo muy difícil el que se pueda localizar un comportamiento en una estructura tan complicada. Por un lado, las muestras de las que se dispone para el estudio no son muy numerosas, teniendo en cuenta que es muy probable que existan variaciones de un sujeto a otro. Por otra parte, la manifiesta plasticidad de los mapas corticales de los que se disponía hasta ahora modifican el criterio de relación directa entre la función y las áreas corticales.
De todos modos, esta corteza presenta unas estructuras bien delimitadas, que la subdividen funcionalmente; se trata de los lóbulos. Así, distinguimos entre cuatro lóbulos: los frontales, los parietales, los occipitales y los temporales.
La función principal de los lóbulos temporales (que se encuentran frente a los occipitales) es la de recibir y tratar la información que llega a los oídos; es decir, el sonido. Además, contribuye al equilibrio, y es en esta zona donde se categorizan los objetos, se la asocia con la comprensión del lenguaje hablado. Por su parte, el lóbulo occipital, que se encuentra en la parte posterior del cerebro, es el encargado de procesar la información visual, permitiendo el reconocimiento de las orientaciones y el contorno de las imágenes. En el lóbulo parietal se analiza la información recibida por medio de las sensaciones (tacto, calor, frío, etc). Otro cometido importante es el de asociar los datos tanto visuales como auditivos con la memoria, con el fin de aportarles un significado. Por último, el lóbulo frontal se relaciona con la conducta y la personalidad, así como por su papel protagonista en las funciones ejecutivas, o sea, en la defensa de nuestras ideas, la anticipación, la planificación, etc. Se ha comprobado que las lesiones provocadas en los lóbulos invalidan sus funciones, ocasionando problemas importantes. Así, por ejemplo, una persona con los lóbulos parietales dañados es incapaz de comprender el lenguaje.
Pero no toda la actividad cerebral se reduce al córtex. También está el sistema límbico (formado por partes del tálamo, hipotálamo, hipocampo, amígdala, cuerpo calloso, septum y mesencéfalo), que está muy relacionado con la corteza cerebral y con facultades como la memoria, y la atención, así como por la gestión de respuestas fisiológicas a estímulos emocionales. La parte más primitiva del cerebro se encarga de los instintos de supervivencia, como el deseo sexual, la búsqueda de alimento y la agresividad.

Como se ha dicho, el cerebro actúa como un todo, lo que implica que todas sus partes interactúan constantemente, y a gran velocidad. Quizá el hecho más notable del ser humano sea su gran proporción de áreas de asociación. Pero, de qué modo se transporta la información en este complejo medio?

La neurona y la sinapsis

La complejidad del cerebro se manifiesta en todos sus niveles. De este modo, a nivel molecular, encontramos en el cerebro un número de genes que se expresen superior al resto de los órganos. A nivel celular, el cerebro dispone de varios tipos de células. Y es aquí donde damos con las neuronas (que, por su parte, se especializan enormemente). Es la gran capacidad conectiva de esta célula lo que nos hace, en parte, superiores al resto de los animales. Para hacernos una idea de esta capacidad, se sabe que el número promedio de neuronas en el cerebro ronda las 100.000.000.000, y el número de conexiones neuronales es de unas 100.000.000.000.000.

Fue Ramón y Cajal quien descubrió y describió la neurona tal y como se conoce hoy en día. Existen tres partes fundamentales en la neurona: el soma o cuerpo neuronal, de formas muy variadas, contienen el núcleo de la célula y demás organitos; las dendritas (que son las ramificaciones que se prolongan alrededor del soma), que reciben las señales químicas y el axón (una prolongación larga y ramificada en su extremo terminal), cuya terminación es la que se comunica con otra neurona. La información captada por las dendritas es integrada en el soma y posteriormente transmitida a otras neuronas por medio del axón. De este modo, se produce una interacción entre la terminación del axón y la región de la otra neurona con la que se contacta. A esta zona de contacto entre dos neuronas se la denomina sinapsis.

Estos contactos funcionales altamente especializados son, en su mayoría, de tipo químico. En una conexión sináptica, el terminal presináptico (la neurona que emite la información), excitado por señales eléctricas, libera los neurotransmisores contenidos por sus organelos, que salen disparados y producen un cambio en el impulso eléctrico de la neurona postsináptica (la que recibe la información). Así, este potencial de acción se conducirá a través de la nueva neurona y establecerá un recorrido en la red neuronal. Teniendo en cuenta que una neurona puede llegar a formar más de 500 sinapsis junto con otras neuronas, vemos que el número potencial de sinapsis en el cerebro humano es astronómico. Y, aun con todo, el sistema nervioso es capaz de remodelar los contactos entre neuronas así como la eficiencia de las sinapsis. Es lo que se denomina plasticidad neuronal. El que la neurona sea tan maleable es la razón por la cual el cerebro es capaz de mantener las desarrolladas habilidades del ser humano.

lunes, septiembre 10, 2007

El médico

- Doctor, me temo que tenemos un paciente inesperado... -anunció divertida la enfermera, asomándose por la puerta.
- ¡Otro más! Vaya días llevamos -resoplé.
- ¿Y qué esperaba?
- Un milagro, supongo -le respondí con ironía mientras ella volvía a su despacho. Dile que pase, pero prepara café. Mucho café.

A los pocos segundos entraba un personaje agitado. Con cierto enojo mal contenido, asió la silla por el respaldo, la separó de la mesa y se desplomó sobre el asiento. Tras una retahíla de suspiros y lamentaciones, me pareció distinguir un “Hola, doctor”. Al principio me hubiese sorprendido ese peculiar modo de presentación, pero desde hacía un tiempo se había convertido en algo habitual en mis pacientes.
Le correspondí con una sonrisa:

- Están preparando café, pero puede que le apetezca más una tila bien cargadita... -le dije risueño.
- Ahórrese el cachondeo, por favor doctor -me replicó algo resentido y con una voz enronquecida.
- Está bien, está bien -le serené. Pero sepa que la risa es un calmante natural. Empecemos por lo primero. ¿Cuál es su nombre?
- Perdone mis modales -respondió más relajado. Me llamo Ángel.
- Bien, Ángel. ¿Qué le aflige?
- Tantas cosas, doctor, que no sabría por dónde empezar –se lamentó-. Estoy molido –dijo tras toser.
- Le sorprendería saber la cantidad de pacientes que están molidos... Le agradecería que fuese un poco más preciso –dije mientras me incorporaba sobre el sillón. El cansancio empezaba a hacérseme notar, pronto necesitaría mi dosis de cafeína.

Sin prestar demasiada atención a mi sarcasmo, el paciente cerró los ojos, como intentando ordenar sus pensamientos. Inclinó ligeramente la cabeza y hundió varias veces su mano en la amalgama de pelo alborotado que le cubría el cogote. La retiró y, tras observar con mirada trágica los rubios mechones que colgaban de sus dedos, declaró amargo:

- ¿Ve?
- Entiendo. Podría tratarse de un principio de alopecia –dije adoptando una postura más profesional.
- Es posible... –carraspeó con un semblante abatido.
- Déjeme ver.

Le invité a que posase su cabeza sobre el escritorio, para evitar levantarme. Quizá parezca algo exagerado, pero llevaba encima una cansera descomunal. Necesitaba guardar energías.
Ángel frunció el ceño y deliberó durante varios segundos. Dudaba entre apoyar el cráneo sobre el montón de papeles o encajarlo entre el archivador y la urna con caramelos.

- Coja uno –le ofrecí-. Saben a gloria y le aliviarán la garganta..

Algo evasivo al principio, lo convencí tras mucho insistir. Cuando lo tuvo metido en la boca se le encendió la cara y brotó una momentánea sonrisa.

- ¿De qué son? –preguntó cuando se lo hubo tragado.
- Pues eso; de gloria.


Habiéndose decidido finalmente por el pequeño montículo de folios, Ángel se reclinó hacia delante y dejó caer su testa. Me puse a inspeccionar el cuero cabelludo y, para mi sorpresa, encontré varias entradas, en donde la piel adquiría un tono rojizo.

- ¿Se arranca usted el pelo a menudo? –le pregunté sin vacilar.
- Puedo explicarlo... –contestó algo apocado-.
- Adelante.

Ángel retiró la cabeza y se masajeó los cansados ojos.

- En parte se debe al estrés. Cada vez recaen sobre mi espalda más y más responsabilidades, y el tiempo mengua. Es exasperante. ¿Comprende lo que le quiero decir?
- No lo sabe usted bien –asentí enarcando las cejas.

Previendo una detallada explicación, decidí escribir las observaciones que había hecho antes de que se me olvidase. Así que tras remover la mesa y desordenar todos los cajones bajo la atenta mirada de Ángel, acabé por encontrar mi libreta y redacté unas cuantas palabras.

- Estoy preparado: relate –declaré.
- Verá, doctor. Como muchos de nosotros, soy pluriempleado. Y una de mis diversas actividades consiste en cuidar de person... –se detuvo por un instante-, bueno, más bien parecen niños. Ciertamente se trata de un oficio bastante agradecido, la verdad. O al menos lo era.
- Nos ha tocado vivir unos tiempos difíciles –le interrumpí.
- Y que lo diga. El caso es que yo me esfuerzo por cumplir mi función, pero me está resultando cada vez más complicado –dijo con una voz apesadumbrada.
- Sepa que no es usted un caso aislado –le dije como intentando reconfortarle-. Aunque supongo que ya se habrá percatado.
- Sí, lo estuve comentando con varios amigos del trabajo. Muchos están en la misma situación.
- Explíqueme qué le sucede con sus “niños” –le dije guiñándole un ojo.
- Llevo con la mayoría desde que eran realmente pequeños. Ya por entonces eran un grupo considerable, pero cada vez hay más.
- Entiendo –dije-. Le agobia tanto trabajo.
- No exactamente –me corrigió-. El problema no es la cantidad, ni mucho menos. Si yo disfruto ayudando, está en mi naturaleza... ¡La cuestión es que nadie me pide ayuda! Y eso que realmente la necesitan –dijo sentencioso-. Antes, cuando les urgía algo, me llamaban. Ellos ya sabían mi número de teléfono, así que era algo tan sencillo como marcarlo y esperar a que yo respondiese. Si querían que les acompañase dondequiera que fuese, ahí estaba yo para acompañarles. Pero poco a poco nuestra relación fue decayendo. Olvidaron mi número.
- Pero usted no el suyo, ¿verdad? –intervine.
- Exacto, yo no. También yo les llamé, para recordarles que seguía al otro lado de la línea.
Recuerdo nuestras últimas conversaciones. “¡Qué tal! Hace tiempo que no hablamos. ¿Qué es de ti? ¿Cómo te va todo? ¿Necesitas algo?”. Ellos no respondían. Y sabía que estaban allí, porque oía sus respiraciones. Les insistía: “Vamos , háblame, pídeme lo que sea, haré lo posible por ayudarte”. Seguían callados.

Ángel narraba tan expresivamente su historia que parecía que estuviese reviviendo esos momentos. Su dramatismo había acabado por despabilarme, al menos un poco.

- Entonces empecé a oír como un pequeño murmullo inseguro. Parecían querer decirme algo, así que les animaba: “¿Sí?”.
Colgaron.
Y así dejaron de hablarme.
Al no poder contactar con ellos por teléfono, decidí más tarde ir a su encuentro. Los esperaba frente a la puerta de sus casas. Sin embargo, al reencontrarme, vi que habían cambiado mucho. Algunos ya eran padres de familia, otros vivían solteros, pero todos ellos compartían muchas penas. Yo les aconsejaba, cuando los veía lastimosos. “Reconcíliate con tu padre” o “deja eso, acabará matándote”. Se negaban a aceptar que lo que oían era realmente lo que les haría progresar. ¡Me negaban!
Sí, me negaban, pero ¿cómo iba yo a dejarlos? Les empecé a hablar más fuerte. Tan fuerte que me quedé afónico. Mientras tanto veía como seguían estancados, como se hacían daño a sí mismos, y me llevaba las manos a la cabeza y miraba al cielo. Llegué a desesperarme, me sentía impotente. Literalmente, acabé por arrancarme los pelos.

Cuando Ángel terminó su monólogo, revisé mi cuaderno y lo cerré. Habiendo constatado la cualidad despejante de su oratoria y siendo que estaba volviendo a presentar signos de adormecimiento, procuré que siguiese hablando: “¿Qué más?”.
El paciente cerró los ojos y retomó su postura meditabunda. Durante unos segundos, estuvo cruzado de brazos, frunciendo un poco el ceño, como concentrándose en recordar sus dolores. Pero el tiempo pasaba, y Ángel seguía pensando. Finalmente, decidí actuar.

- Déjeme que le ayude –dije tras un disimulado suspiro-. Esas molestias, ¿estaban localizadas en una zona particular de su cuerpo?

Ángel volvió a abrir los ojos, como despertando de un profundo trance.

- Sí, el problema es que no recuerdo exactamente dónde me dolía –me contestó.
- Ningún problema –dije. Iba a pedirle que se estirase sobre la camilla para examinarle, pero en el momento en que surgió la idea, la fatiga volvió a cobrar presencia y lo echó todo a perder. Haremos una cosa –anuncié rascándome la barbilla y con mirada de ingenio. Haga lo que yo le iré diciendo. Me ayudará a reconocer la región afectada.

El paciente me miraba extrañado.

- ¿Cómo? –exclamó con duda en la voz.
- Usted siga mis indicaciones –reiteré.

A la vez que yo le iba orientando, Ángel se tanteaba, con cierto embarazo. Yo mientras tanto me esforzaba por controlar las bocanadas que articulaba de vez en cuando.
Hice que se palpase los pies, las piernas, el torso... Nada. Hasta que llegó a las alas. Por fin, profirió un tenue bufido: “Aquí, doctor”.

- Deje que vea –dije.

Por un momento me pregunté qué podía hacer para no tener que desplazarme demasiado. Pero pronto acepté que era necesario abandonar mi posición estática. Así que, tras reunir el valor suficiente, me impulsé con los pies y deslicé la silla hasta situarme detrás del paciente.

Primero miré qué tal andaban de reflejos. “Algo escasos...”, dije tras dejar el martillo sobre el escritorio. A continuación comprobé que no hubiera ninguna contusión importante. No mostraban ni cortes ni heridas, pero estaban anormalmente rígidas y entumecidas, y no cabía duda de que habían perdido gran parte de su albura natural. “Debe de haberlas sometido a un gran esfuerzo”, le comenté mientras terminaba de examinarlas. “Ya lo creo...”, contestó.
Tras este fugaz reconocimiento, volví a patinar hasta detrás del escritorio. De nuevo cogí mi libreta y escribí algunos comentarios. Cuando hube acabado, reanudé la conversación.

- Y, ¿a qué se debe ese estropicio? –le interpelé.

Mi paciente sonrió con apatía.

- Como siempre, al trabajo –recapituló-.
- Intente detallar un poco más –le dije tras reposar mi cabeza sobre el respaldo del sillón.
- Como le dije antes, mis ocupaciones son muy numerosas –mencionó-. Y junto con la de ser custodio, hay otra que está empezando a convertirse en un verdadero tormento –dijo un poco desolado: el portear. Ni se imagina lo engorroso que se ha vuelto desde hace un tiempo.
Al menos antes la gente intuía que un día u otro vendríamos a buscarlos, y claro, aprovechaban más el poco tiempo del que disponían. Cuando finalmente les llegaba la hora y nos veían aparecer, pocos se extrañaban, la verdad. Es más, la mayoría se alegraba de vernos. Manteníamos una amistosa charla a modo de saludo en la que les explicábamos los pormenores del trayecto y al poco tiempo ya estábamos de camino a casa. Como puede ver, todo se desarrollaba de un modo muy profesional. Nada que ver con lo que pasa hoy en día.

Yo asentía mientras escuchaba atentamente. También renovaba mi pose con cierta regularidad. Era un buen recurso para alejar la somnolencia.

- Parece que nos hayan olvidado –prosiguió-.
Resulta irónico. Últimamente les ha surgido la moda de los proyectos. Dejan de hacer lo que sea que estén haciendo y se ponen a cavilar en lo que harán cuando acaben el instituto, la carrera, cuando se jubilen. Y de tanto pensar en su futuro... acaban olvidando el presente. Entonces es cuando nos presentamos.
Curiosamente, la gente que no “cree” en el Después es la que más se abruma cuando ven que salimos a su encuentro. No porque estén confusos, ni mucho menos. Durante su existencia, por muy gentiles que fueran, vislumbraban la realidad, en lo más hondo de su alma. No, lo que les acobarda es ver como han despilfarrado su existencia. En nada, realmente.
Como comprenderá, éstos no aceptan tan fácilmente nuestra ayuda... Pero les extendemos la mano, esperamos, suspendidos en el aire. Al final siempre acaban asumiéndonos. A nosotros y a su destino. Pero eso no quita que al ir de aquí para allá sin descanso con una persona a cuestas acaba uno con lo que usted ha dicho, un estropicio en toda regla.
- Cómo va el mundo... –dije con socarronería cuando acabó de hablar.
- Dígamelo a mí –contestó Ángel.



El soliloquio me hizo pensar. Ciertamente las cosas habían cambiado. Yo también empezaba a notarlo. Las visitas no habían dejado de crecer desde hacía mucho, y el cansancio seguía la misma dinámica. Pero al menos veía que mi esfuerzo servía para algo... Yo tampoco podía renunciar. Yo tampoco quería renunciar.
Releí entre líneas los apuntes y saqué el vademécum del último cajón del escritorio. Tras consultarlo detenidamente, lo volví a dejar donde estaba, arranqué uno de los folios de mi cuaderno y escribí los nombres de dos medicamentos.

- ¿Qué me receta, doctor? –preguntó mi paciente.
- Tirabucina y Alacil. Los dos son cremas. La primera le aliviará el cuero cabelludo y favorecerá el crecimiento de sus rizos...
- Estupendo.
- ...siempre y cuando no se los mese –añadí-. La otra loción es para sus alas. Aplíquesela dos veces al día y en poco tiempo verá como recuperan su vigor natural.
- Perfecto –dijo Ángel mientras cogía la receta-. Muchas gracias, doctor.

Tras estrecharnos la mano, nos levantamos y le acompañé a la puerta.

- Suerte con su labor, Ángel, no se desanime –le dije mientras giraba el pomo.
- Ojalá le oigan los de abajo... –respondió sonriendo.
- Además, ¡trabajar es sano! –expresé sarcástico.

- Eso –contestó la enfermera desternillándose.
- Lo que me espera... –dije mientras observaba el abarrotado pasillo.

Entre revoloteos y voceríos angelicales, se oía el pitar una cafetera.

martes, octubre 10, 2006

La victoria de Prometeo

Todavía me estremezco cuando recreo en mi mente las escenas de tan encarnizada contienda. De todos modos me sigue llenando de orgullo el recordarla. Fue la única ocasión en mi vida en la que, realmente, percibí a Ares en los ojos de aquel hombre. Y estaba de nuestro lado.
Ese mismo día Helios nos bendijo con un deslumbrante cielo, inmaculado como pocas veces lo habíamos visto. Se podía apreciar perfectamente desde nuestra posición el reflejo de su majestuoso carro sobre el aterciopelado Mar Medi Terraneum, como ellos lo llamaban. Poseidón también fue generoso, y nos brindó un océano sereno, imperturbable. Los dioses no nos hubieran rendido tales honores si no conociesen de antemano el histórico evento que iban a presenciar.
Poco a poco se acercaban los navíos invasores. La fuerza marítima de la República, sin duda, impresionaba. Enormes embarcaciones provistas de centenares de arqueros, dispuestos a entregar su vida por Roma y por Marcelo. Nosotros permanecíamos inmóviles, atentos al movimiento del enemigo. Al fin, los barcos se detuvieron. Tras un corto silencio, empezamos a advertir actividad en el interior de las naves enemigas. Los siracusanos observábamos, quietos.
Entonces empezamos a oír el sonido de los arcos tensándose. Dispararon una primera ráfaga, pero supimos cubrirnos a tiempo. No hubo prácticamente heridos. En aquel momento, apareció entre nuestras filas un hombre de expresión despreocupada, aunque profunda y decidida. Tras una señal, surgieron de las murallas unos grandes aparatos, complejos en apariencia. Por lo que pudimos ver los que no sabíamos de su existencia, también eran tremendamente eficaces. Inmensos bloques de piedra se precipitaban contra los barcos del enemigo. Sorprendidos, observábamos además cómo unos enormes mecanismos elevaban las naves y las arrojaban contra las aguzadas rocas de las murallas. Otros ingeniosos artilugios arremetían contra esas mismas naves desde el muro y las hundían dejando caer enormes pesos. Los desmoralizados romanos no imaginaban el final que les esperaba. "¡Traed las lentes!", ordenó el sabio. Y entonces asomaron cincuenta enormes espejos cóncavos. Vimos maravillados cómo, mediante el simple reflejo del sol, consiguió hacer brotar encrespadas llamas de los agónicos bajeles enemigos.
El maestro Arquímedes volvió por donde vino, absorto en algún problema geométrico, entre los gritos de euforia de nuestros compatriotas y los lamentos de los romanos que se echaban al agua para salvar sus vidas. Ese día, vencimos.


domingo, enero 29, 2006

La llegada

Prefería morir de agotamiento a quedarme en ese campo de muertos, así que seguí corriendo. Procuraba no mirar hacia abajo, porque si lo hacía estaría renunciando a toda esperanza de sobrevivir. No podría resistir el ver los cuerpos de mis amigos y hermanos esparcidos por la tierra. No aguanté mucho más de media hora de esfuerzo intensivo. Al llegar a la entrada del bosque, me desplomé exhausto. Fue en ese momento cuando empecé a considerar todo lo que había perdido. Cosas que, tiempo atrás, no habría sabido valorar como lo hice entonces. El olor de la leña consumiéndose y que nos calentaba cada noche, las aterciopeladas manos de mi madre e incluso a mis hermanas, a las que siempre decía odiar. Hasta ese momento no pude reconocer la verdad: las quería más que a nada. Allí, estirado boca abajo sobre el fango y la hierba, empecé a rememorar lo ocurrido desde hacía 6 meses.

Aquella mañana, desperté inusualmente pronto, sobresaltado por el alboroto de afuera. Al igual que a mí, el ruido había desvelado al resto de la familia. Estaba amaneciendo y la cálida luz del sol empezaba a bañar el prado donde vivo . Donde vivía. Confusos, mis padres, mis hermanas y yo salimos de la cabaña para cercionarnos de que no había empezado una guerra de tribus. Lo que vimos nos sobresaltó: cientos de lo que parecían gigantes, vestidos con deslumbrantes armaduras y montando extraños animales de cuatro patas, mucho más grandes que nuestras yamas. Se acercaban en grupo, lentamente, como una manada de lobos. Les dirigía alguien empuñando una gran espada. Lo que más nos extrañó fueron los largos pelos que les colgaban de la barbilla. Además, se comunicaban con un lenguaje totalmente desconocido para nosotros. La mayoría nos miraba con ojos extrañados, como nosotros a ellos, y muy de vez en cuando vociferaban algún grito en su singular idioma. Finalmente, los gigantes prosiguieron su camino, manteniendo siempre la formación. Por el sendero que cogían, debían de dirigirse hacia Tenochtitlán.
Lo que nos asustó, sin embargo, fue el hecho de que parte del grupo no siguiera al resto. Tras deliberar un corto tiempo, algunos de los individuos que formaban el grupo decidieron quedarse en nuestro poblado. El resto de la compañía reanudó la marcha.
El grupo estaba formado por 5 sujetos, a cada cual más intimidador. Todos llevaban sobre sí unos extraños artefactos con forma alargada, al lado de su sable. Empezaron a rondar por la aldea, observando con ojos curiosos algunas de nuestras frutas y plantas. A su paso, todos se escondían. De hecho, la mayoría se encerró en sus chozas.
Cada uno discutía sobre el origen de esos misteriosos seres. Algunos decían que eran dioses, portadores de paz y felicidad. Otros, por el contrario, los veían más bien como demonios venidos para extender discordia y sufrimiento. Los más eruditos intervinieron. Al parecer, hacía unos veinte años ya había sucedido algo parecido en el sur. Hombres de gran tamaño, extraño lenguaje y con instrumentos desconocidos habían llegado atravesando el océano. Se había especulado sobre su procedencia, y muchas personas, entre ellos el sumo sacerdote, consideraron que eran deidades venidas del cielo. Afirmaban que las profecías de los escritos se habían cumplido. Así pues, era obligación de todos servir sin rechistar las exigencias de esos dioses. Al poco tiempo se marcharon, no sin antes llevarse objetos de uso cotidiano así como plantas y piedras. ¿Podrían estos singulares seres ser esos dioses venidos años atrás? ¿Qué deberían estar buscando en el poblado?
Las discusiones fomentaron el miedo y el desconcierto entre la gente. Sin embargo, los forasteros se mostraban más interesados en las piedras preciosas y extraños tubérculos que en los debates que se realizaban. Su estancia no causó muchos problemas.
Unos meses después volvió el resto de guerreros. Eso alegró a la población, que ansiaba desde hacía tiempo la tranquilidad. Seguramente, recogerían al grupo al que dejaron en el poblado y regresarían de donde hubiesen venido. No podíamos estar más equivocados.
Sus caras reflejaban el orgullo y satisfacción de haber vencido. Los animales sobre los que montaban cargaban también con grandes sacos. El que parecía el jefe, ataviado con una espléndida armadura que deslumbraba entre las otras, empezó a hablar con la cuadrilla que había permanecido en la aldea. Tras una larga charla, el pequeño grupo dirigió al resto de la compañía hacia nuestras humildes reservas. Según parecía, no habían estado tan inactivos como sospechamos. Tras extraer todo lo que consideraron de valor, el pequeño grupo que se había mantenido a nuestra costa esos últimos 6 meses se unió al resto.
Cuando ya estaban dispuestos a partir, los sabios de nuestra tribu se interpusieron en su camino. Por medio de señas, intentaron hacer comprender a aquellos individuos que lo que habían cogido sin permiso les pertenecía. Al principio los guerreros los ignoraron, pero al ver que insistían y que no se movían, el líder hizo ademán a sus hombres de que desenvainaran sus espadas.
El terror y las desesperación se apoderaron de la aldea. Los bárbaros no se detuvieron ante nada: mujeres, niños, ancianos... nadie pudo escapar a su furia. Los gritos y llantos eran acallados por el fragor de sus devastadoras armas de fuego.
Al cabo de diez minutos, la aldea estaba bañada en sangre. Mis padres y hermanas estaban entre ellos, y ni siquiera pude despedirme de ellos ni verlos una última vez.
Supongo que no era tan valiente. Huí. Escapé del poblado, dejando atrás mis recuerdos y todo lo que alguna vez había amado.

Ya recuperado, me dispuse a levantarme. En ese momento sentí un agudo pinchazo en el costado derecho y caí al suelo de nuevo. A duras penas pude girarme para ver que uno de esos sanguinarios hombres me había atravesado con su sable. Se acercó a mí con paso firme y seguro, se agachó y me arrancó el collar de piedras que llevaba conmigo. Luego se marchó y se reunió con el grupo de soldados.
En cierto modo, me sentía aliviado de estar de nuevo entre mis amigos y familiares. Así que decidí no pensar más, cerré los ojos, y dormí.